He aprendido que no siempre podremos elegir la música, pero sí la forma de bailar cada canción. Que las cicatrices enseñan, pero que las caricias también. Que lo que no existe, debe inventarse. Que siempre hay que expresar los sentimientos y las ideas con libertad. Y como diría Benedetti, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, nunca hay que rendirse.
He aprendido que los sueños, si son de verdad, nunca caducan. Que llevo casi diez años de mi vida juntando letras y que en realidad, por una vez, yo llevaba razón y estaba en lo cierto: Es lo único que sé hacer. También he aprendido a no llegar tarde, a levantarme cada mañana con la ligera sensación de que debo poner la radio y oír el mundo. Y que al final del día, como si fuera un ritual y otra manía parecida a la de no querer decir adiós, debo quedarme con una buena noticia. Porque en el mundo pasan cosas. Cada día, sí. Algunas terribles y otras maravillosas. Algunas que no querríamos leer de forma cotidiana y otras que guardamos con un recorte porque pensamos que nunca más volverán a suceder. Pero ahí están. Todas. Las que suceden y las que no lo han hecho todavía. Esperando a ser contadas.
Esta es la mejor conclusión. Ha pasado un año y he aprendido que me gustaría contároslas alguna vez si Warren me deja. Solo ha sido un curso y ha pasado volando. Pero es que no podía pasar de otra manera con ese cielo sin nubes, sin límites de velocidad, sin frenazos, sin puertas cerradas. "Sueña y vuela", esa es la gran lección. Sueña con lo que quieres y hazlo sin miedo, a cada hora, a cada instante, a cada segundo. Trabaja tus sueños y solo de esa forma, teje tu realidad. Es acojonante sentir la adrenalina y la felicidad al mismo tiempo.
