Madrid no puede ver estrellas
fugaces. Dicen los expertos que en este mes de agosto, debido a la
contaminación lumínica, los madrileños se pierden más del 80% de luz de las
Perseidas. La lluvia de estrellas más famosa del año no existirá en su cielo a
menos que se alejen unos ochenta kilómetros de la ciudad. Mirar no es ver. Son
lecciones que la vida te va dando poco a poco: Hay cosas que debemos dejar que
tomen su distancia. Porque te pongas como te pongas, la luz también ciega.
No es ninguna tontería. A veces
no es suficiente dirigir la vista hacia algo para verlo claro. Necesitamos
echar de menos, sentir lo que nos falta o incluso saltar al vacío de un precipicio.
Al final, la distancia es la única que nos salva porque es el destino de casi
todas las cosas que nos impedían avanzar. Lo que significa que si tienes la suficiente
valentía para caminar a contracorriente, para cuando te vengas a dar cuenta,
habrás conseguido lo más importante.
No nos engañemos. Todos hemos
visto corazones rotos sanados con el tiempo. Heridas abiertas que acabaron
siendo lección y cicatriz. No es casual que los abrazos y los besos más
sinceros se den en los andenes y en las salas de espera de los trenes y
aeropuertos.
Y es que como decía ese poema de
cabecera de Jorge Luis Borges, “después de un tiempo, uno aprende…”. Tantas
cosas. Uno aprende tantas cosas… Quizá por eso admiro tanto a la gente capaz de
reconstruirse, recomponerse, repararse en general. A la gente capaz de caer,
pero también de volver a levantarse. Y también a aquellos ilusos que se casan
con sus sueños. Para toda la vida. Con el convencimiento de que el amor es eso:
Luchar para que la ilusión siempre nos inunde la vida y el alma. Para que el
corazón siempre lata acelerado. Y para que el inexorable paso del tiempo, no
nos destruya, sino que nos enseñe cómo mirar las fugaces Lágrimas de San Lorenzo en el cielo de Madrid, o en cualquier otro.

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